
los mineros de Colorado han luchado larga y duramente por su derecho a organizarse y tener seguras condiciones de trabajo. Muchos han pagado con su vida en esta lucha. Algunos fueron víctimas de los escasos estándares de seguridad que solían caracterizar la industria, mientras otros murieron en sangrientas confrontaciones cuando los dueños de las minas rápidamente contrataron ejércitos privados para enfrentar a los trabajadores problemáticos.Siendo un periodista liberal* europeo, estas historias me eran familiares y sabía también, como mineros de Europa enfrentaron batallas similares para mejorar sus vidas en el trabajo. Estas luchas han significado que los mineros hayan tenido siempre un estatus especial para nosotros los izquierdistas. Eran una raza superior que peleaban por ellos mismos y por los derechos de todos los trabajadores.Sin embargo, en mi más reciente trabajo periodístico, he descubierto que hay una nueva amenaza para los mineros, sus familias y sus comunidades más grandes. Esta amenaza no proviene de ladrones influyentes que fuman puros y toman champagne. La minería es ahora uno de los negocios mas regulados en el mundo. Los Bancos no prestaran, las compañías aseguradoras no cubrirán y los gobiernos no darán licencias a empresas que quieran aperturar minas inseguras o contaminantes.En su lugar, he descubierto que la amenaza más grande para los mineros y sus familias viene de una elite de ambientalistas occidentales.El descubrimiento ha sido particularmente estremecedor porque he sido siempre un ambientalista de corazón. Quiero proteger el planeta para las futuras generaciones. Quiero asegurarme de que la industria limpie lo que ensucia y haga más el bien que el daño.Mi admiración por los ambientalistas comenzó a declinar cuando tuve la suerte de ser enviado a Rumania como corresponsal extranjero para el Financial Times. Allí cubrí una campaña de los ambientalistas occidentales en contra de una mina propuesta en Rosia Montana en la región Transilvanica del país.Era la historia usual. Los ambientalistas contaban como Gabriel Resources, una empresa minera canadiense, iba a contaminar el ambiente y reubicar por la fuerza a los pobladores antes de destruir su salvajismo primigenio. Pero cuando fui a ver la comunidad por mi mismo, encontré que casi todo lo que los ambientalistas estaban diciendo sobre del proyecto era engañoso, exagerado o simplemente bastante falso.Rosia Montana era ya una comunidad altamente contaminada debido a los 2000 años de minería en el área. La empresa minera de hecho, planeaba limpiar el desorden existente. Y los pobladores, en lugar de ser reubicados por la fuerza como los ambientalistas afirmaban, estaban haciendo cola para vender sus decrepitas casas a la compañía, la que estaba pagando muy por encima del precio de mercado.Fue sorprendente que los ambientalistas mientan, pero la parte mas impactante estaba por venir. Cuando hable con los ambientalistas occidentales, rápidamente emergió que querían cerrar la Mina porque sintieron que el desarrollo y prosperidad arruinaría el “idílico” estilo de vida rural de estos felices campesinos.Este “estilo de vida” incluye 70 por ciento de desempleo, dos tercios de la población no tiene agua corriente, y la mayoría de los lugareños tiene que usar dependencias en invierno, cuando la temperatura puede caer a 20 grados centígrados bajo cero (menos de 4 Fahrenheit). Un ambientalista (extranjero por supuesto) trato de persuadirme de que los lugareños en realidad prefieren montar caballos y carruajes antes que manejar un auto.Por supuesto, los pobladores de Rosia Montana querían una vida moderna – exactamente como el resto de nosotros. Querían baños privados y buenas escuelas y atención medica que la gran inversión y los nuevos trabajos traerían.Cuando deje el Financial Times, la difícil situación de estos pobladores nunca me dejo realmente. He cubierto muchas tragedias e historias infortunadas como periodista, pero nunca había cubierto una situación donde la solución a la pobreza tiene su oposición en educados Occidentales que piensan que la gente realmente es “pobre pero feliz.”Cuando un representante de Gabriel Resources me pidió escribir un folleto acerca del proyecto, decliné. Pero sugerí que si ellos no interferían editorialmente haría un documental.Reuní fondos extras y el documental Mine Your Own Business se estreno el Martes en el Denver Gold Forum en el Hyatt Regency Hotel in Denver. El film impactará e incomodará a aquellos que, como yo, incuestionablemente creyeron que los ambientalistas eran una fuerza del bien en el Mundo.En el proceso de producir Mine Your Own Business, comencé a mirar más allá de Rumania y encontré un patrón similar en comunidades muy diferentes en África y Sudamérica. Es una pena que mis compañeros izquierdistas y ambientalistas, que frecuentemente vienen de los países mas desarrollados, estén ahora tan en contra del desarrollo.Lo que no es triste -sino trágico- es que los verdaderos perdedores en este choque de culturas e ideologías son algunas de las personas más pobres en el planeta.*El término liberal significa en Estados Unidos casi exactamente lo contrario que en América Latina.Traducción: Edwar EscalantePhelim McAleer es un periodista irlandés, realizador de documentales y Asociado en el Moving Picture Institute (http://www.thempi.org/) y Director del nuevo documental, “Mine Your Own Business.” Contáctelo en http://www.mineyourownbusiness.org/Este artículo apareció originalmente en el Rocky Mountain News, 23 de Septiembre, 2006.
el caso iquitos no es ajeno a esto, no apoyo a ninguna minera o empresa similar a ese rubro, es mas estoy en total desacuerdo con la forma de privatizar los bosques, los derechos de propiedad deberian tenerlo los ciudadanos de loreto y no un ente gubernamental. peor los ambientalistas no dan soluciones los empeoran por cuestiones ideologicas totalmente inviables en cuestiones de desarrollo y progreso, pintando al ciudadano de los pueblos originarios como "el pobrecito" el que es feliz siendo pobre" , verdes por fuera rojos por dentro!!!








Me dice una experta que quien escribe “Blog” debería, en ciertos casos, tratar de sí mismo. Y aunque no creo que yo mismo sea un tema interesante, intentaré hacer caso de mi excelente asesora contándoles que mis ideas sobre el funcionamiento de la sociedad humana, las adquirí en el colegio y el liceo, mediante la observación de lo que ocurre en recreos y pasillos, con y sin intervención de los maestros y profesores. Reflexionando sobre lo que veía –y en lo que participaba– pronto entendí del gobierno, que no es más que un monopolio de la fuerza, que también se origina por la fuerza, pero se sostiene por la paradoja de ser preferible a la anarquía. Que las normas positivas, impuestas por un poder ilimitado, son generalmente opresivas, frecuentemente insufribles, y siempre incapaces de lograr sus declarados objetivos. –logrando con frecuencia los contrarios– Que la propiedad privada, y su intercambio lucrativo, es consustancial con la naturaleza humana; y que atacar las primeras es destruir la segunda. Del como se puede aprender eso en recreos y pasillos, es algo sobre lo que tendré que escribir algún día.Claro esta; aquello llegó a hacerme pensar que sufría yo un grabe caso de simpatía por el diablo. Tanto oí desde las cátedras y los pulpitos, la política y la prensa, que el capitalismo era malo, y el socialismo bueno. Que sinceramente traté, sin éxito, en mi adolescencia de pasarme al lado bueno. Pues, fue entonces cuando comencé a notar, que mis conclusiones, sobre el mundo que me rodeaba, parecían conducirme al otro lado; aquel que me decían, era el malo. Mientras más me esforzaba en entender el marxismo, el socialismo cristiano, la socialdemocracia, o cualquiera versión del supuesto lado bueno. Menos sentido le encontraba, más contradicciones le veía; y más absurdo me parecía lo que sus máximos exponentes intelectuales afirmaban. Todo aquel asunto del valor trabajo y la plusvalía, que otros abrazaban tan tranquilamente, seguían atravesándoseme con que, lo que se decía ahí, era que si todos dedicábamos el mismo tiempo, y llenábamos el mismo número de hojas, debíamos tener entonces todos la misma nota, en el mismo examen. Intentarlo me parecía absurdo, además de destructivo. Y en última instancia, imposible de realizar. Pero sobre todo profundamente injusto. Digamos que todos tenemos la misma nota, porque todos trabajamos igual, ya que eso es supuestamente lo justo ¿Y como demonios se calcula entonces cual es la nota que todos obtuvimos? Ninguna respuesta era justa. ¿Cómo podía ser justo lo que conduce a la injusticia? Para colmo, los supuestos malvados me parecían, con demasiada frecuencia, gentes decentes y trabajadoras. Y los supuestos héroes, unos envidiosos vagos e incapaces, royendo la miseria de su propia impotencia; cuando no unos sinvergüenzas que hacían del poder su comercio, y de la arbitrariedad su Ley. Aquello no tenía el menor sentido. Con 19 años, y tras haber leído desde El Capital hasta la encíclica Populorum Progresium, finalmente me rendí. Yo era liberal, y lo había sido, irremediablemente, desde que comencé a ejercitar seriamente el uso de la razón. Mis primeras conclusiones del colegio sobre la naturaleza del hombre, la sociedad y el comercio eran la base de mis ideas. Y nada de lo que intentará lograría cambiar eso. El barniz de marxismo –o de cualquier socialismo– con el que intentara taparlo, se me descascararía mucho más rápido de lo que podía aplicármelo. Es más, mientras más intentaba alejarme de mis primeras conclusiones, más me afirmaba en ellas; al punto de irlas ampliando y desarrollando, casi en contra de mi voluntad. Asumido entonces ese hecho inevitable de ser liberal; dejé de buscar lo contrario, para tratar de entender, en sus grandes exponentes intelectuales, aquello que parecía perseguirme desde dentro. Y lentamente pude irme reencontrado –con enorme satisfacción y autentico placer– con mis propias ideas; sólo que mucho mejor desarrolladas, por quienes las habían pensado mucho antes, y con otras que totalmente nuevas para mí, así como con una visión de un pensamiento vivo en el tiempo, pues desde Smith hasta Hayek es mucho lo que evolucionó el pensamiento liberal, tanto que fue poco excepto sus extraordinarias intuiciones lo que quedó de los clásicos realmente en pie. Estudiando las fuentes incluso se llega eventualmente a entender que un siglo antes de La Riqueza de Las Naciones ya se habían encontrado –y olvidado– las soluciones al callejón sin salida de la teoría del valor clásica. Pero lo importante, a título personal, que no tardé en comprender fue que simpatía por el diablo, no era lo que había tenido al principio. Era aquel conjunto de sandeces, llamado socialismo, que explotando la envidia y la ignorancia de los más, conducen al vicio de la ilimitada arrogancia de los menos al poder; para crear así, no el paraíso que prometían, sino el más completo y dantesco infierno en la tierra.


